Más preocupados por el hambre que por coronavirus
Hoy, tras 51 días de estar literalmente encerrado en mi casa, salí a dar un pequeño recorrido por el centro de la ciudad de Puno. Lo hice a causa de aprovisionarme de algunos elementos médicos, pero sobre todo para dar sosiego a un problema de ansiedad que sufro a causa de la encerrona, que no me deja dormir. Durante el recorrido evalúo lo que todos los días recalcan alarmados los noticieros locales: la gente viene andando por las calles como si nada ocurriera. Diré, todo esto es cierto, pero hasta cierto punto es exagerado. Pues la gente puneña no anda por las arterias de la ciudad como si nada. Por el contrario, circula en modo silente, desconfiado y hasta con una mirada alerta, como si esperara que de pronto alguien pudiera sorprenderle con el virus.
Viéndolo así, al fresco, diría con toda certeza que el coronavirus francamente ha causado un trastorno social en Puno. Y no solo lo por el miedo y desconfianza que la gente parece exhalar a través de los barbijos, sino también, por la tímida y recelosa manera en que los pequeños negocios expenden sus productos. El trato amigable o fraterno entre el vendedor y el cliente hasta cierto punto ya no existe. A cambio, atenazados por el pavor de la pandemia, solo se advierte una transacción indiferente, que se reduce en el cuidadoso pago por el producto y el recojo del vuelto, después ya nada importa. Lo mismo ocurre con los soldados y la policía, te miran como a enemigo de guerra. Te revisan los ojos y la ropa y tan luego como pasas ese filtro te piden de inmediato el DNI. Yo se los mostré de lejos, con cierto temor, claro, pues ese momento te ingresa en el alma la desconfianza porque te la requisen. Después de esto y así como viene ocurriendo las cosas, no quepa ninguna duda que después de la pandemia, la gente puneña no volverá a ser la de antes. El confinamiento obligatorio de los hogares y el tránsito errante de los que salen de sus casas, ha convertido a la población puneña, más que en un grupo comunitario de hermanos en pos de su desarrollo, en un grupo basado en función de clanes familiares e intereses personales. Vuelco social, donde importa únicamente el bienestar del pequeño grupo, en lugar del colectivo.
Revisando mentalmente los diversos temas abordados en los medios, veo que ningún medio de comunicación, líder de opinión o autoridad pública, se preocupó porque la población no entre en pánico. Por el contrario, el variopinto de opiniones, más bien azuzó hasta la saciedad que el coronavirus estaba hasta en la sopa, y lo peor, que las autoridades políticas no estaban a la altura de las circunstancias. Y qué decir, si no hubiere visto esto último, podría decir que esto de la autoridad es una infinita mentira, pero lamentablemente es cierto. Quizás por eso fue inevitable que la población entre en las pavorosas redes de la pandemia.
Por lo que he visto la gente está preocupada, más que por la muerte por el hambre. Mejor dicho, ambos pesan igual, el miedo al hambre y a la muerte es lo que ronda en la mente de los paisanos. Por eso mismo hoy los vi a todos cautelosos, con sus barbijos, guantes, sus pomos de alcohol, y hasta monederos especiales para las monedas. Salen a las calles con todas esas modestas armas; y aún hay otras, como: manojos de eucalipto, miel, bicarbonato, yerbas nuevas y hasta biblias que se expenden a todo dar en el mercado. Así esta Puno, psicológicamente enredado y además ansioso por saber cuándo esta hecatombe acabará.