Martes, 14 de agosto 2018 - Diario digital del Perú

APAFIT en Candelaria de 1971


Guillermo Vásquez Cuentas

Guillermo Vásquez Cuentas
20/05/2018

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Como no se danzaba para concurso alguno, se hacía para el pueblo que esperaba nuestras públicas exhibiciones. Con frecuencia, grupos de espectadores nos seguían por plazas y calles para ver la mejor expresión coreográfica popular de la que la ciudad tenía recuerdo; y, como se acostumbra hasta ahora, la Plaza de Armas, la ancha calle que queda frente a la catedral, fue -y sigue siendo- el espacio preferido para las demostraciones que hacen todos los conjuntos que participan en la festividades religiosas y actos cívicos. Cumpliendo con esa tradicional práctica, en ocasión de celebrarse la Festividad de la Virgen Candelaria el año 1971 cuando vuestro seguro servidor ejercía la presidencia de la Agrupación Puno de Arte Folklórico y Teatro, APAFIT, el conjunto danzario de la institución en pleno irrumpió una tarde en la explanada y, ante los ojos de la gente que la rodeaba procedió al ejercicio práctico de la estampa altiplánica conocida como Kullahua.

La fotografía muestra la sincronía casi perfecta de los danzarines que se puso en evidencia en esa ocasión como en otras, pues así puede notarlo cualquier observador de la imagen: la punta del pie de las damas, toca la superficie del cemento prácticamente al mismo tiempo. En todo caso, las diferencias son de fracción de segundo.

Lo que nunca podrá advertirse del examen más minucioso que se haga de la fotografía adjunta, es la belleza de la plástica propia de los movimientos corporales, los mismos que obedecen a los cambios en la secuencia de mudanzas o “figuras” que integran la coreografía general preestablecida y ensamblada con el ritmo y melodía de la música que condiciona el desarrollo integral de la danza.

La sincronía y la expresión corporal se obtienen y refinan con la práctica que se materializa en los ensayos previos a las presentaciones públicas. Uniformizar los movimientos, depurar la dinámica del cuerpo obedeciendo a los cambios previstos, memorizar el desenvolvimiento de la danza en su integridad, cumplir el rol que cada quien cumple en el conjunto, son todos producto de los ensayos. En APAFIT estos fueron mezcla de departir simpáticamente entre integrantes del elenco de danzarines, de poner compromiso, interés y voluntad por hacer bien las cosas y de aceptar sacrificios en horarios y durezas en el trabajo compartido. En el desarrollo de los ensayos hubo siempre los breves momentos de descanso y de chascarros y jolgorio, pero al estilo APAFIT la parte grave, seria y hasta solemne era la ejecución de la misma práctica del ensayo en sí, -a veces salpimentado con algún “ajo” del director de danza de esos y anteriores tiempos- dirigido a obtener correcciones y mejoras en la capacitación de los danzantes individualmente así como en el grupo en su conjunto.

Pero lo anterior tiene carácter material. El complemento espiritual definitorio de la ejecución de la danza y de las danzas del repertorio institucional, lo ponen los danzarines. Conciencia de su identidad como ejecutores de una manifestación cultural del pueblo al que pertenecen; la actitud favorable frente al esquema coreográfico; el gusto por danzar una manifestación del acervo cultural de su patria chica; amar y sentir la danza desde las profundidades de su ser espiritual, son algunos ingredientes necesarios para un resultado exitoso del aspecto práctico de la estampa coreográfica popular de que se trate.

Los hechos y circunstancias en la vida institucional de APAFIT, han posibilitado que esta entidad haya sido la pionera, inauguradora y modelo inspirador de muchas instituciones de similar carácter que, siguiendo las rutilante estela dejada por diversas promociones de “apafitos”, han ido apareciendo con el tiempo en Puno y el Perú.

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