Viernes, 20 de julio 2018 - Diario digital del Perú

Obsesión fatal: enfermedad silenciosa que altera nuestra consciencia


Milcíades Ruiz

Milcíades Ruiz
04/05/2018

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Si alguien dijera que la izquierda peruana adolece actualmente de una psicopatía colectiva al obsesionarse con la idea de la unidad, seguramente pensaríamos que se trata de una de las tantas barbaridades que nos atribuye la derecha. Pero pudiera ser que haya algo de cierto en esta afirmación ya que las epidemias neurológicas se producen en muchos grupos sociales que comparten los mismos problemas y ansiedades. También suelen suceder psicopatías colectivas en la derecha, secta religiosa, grupo étnico, etc. Hemos vivido la ponerología política gestada por el psicópata Montesinos que infectó patológicamente todo el gobierno fujimorista constituyendo una patocracia malvada.

Nadie se da cuenta de esta enfermedad silenciosa que altera nuestra consciencia, y por eso no reaccionamos para recuperar la lucidez. Pero cuando la enfermedad rebasa los linderos de la razón, ocurre lo que los medios han difundido estos días sobre un hombre obsesionado por el amor de una jovencita a la que prendió fuego con gasolina, queriendo resolver a la mala lo que le estaba negado a la buena. A nivel colectivo hemos vivido una experiencia similar cuando el extremismo de izquierda derivó en terrorismo con una obsesión política que rebasó la razón, queriendo imponer su opción a la mala. Para ellos, los campesinos estaban alienados por el sistema del cual eran cómplices y la única manera de hacerlos entrar en razón era a la mala.

Guardando las distancias, en la izquierda peruana se viene hablando desde hace cuarenta años sobre la unidad. Si ahora se nos pregunta sobre cuál es el principal problema de la izquierda y cuál es la solución seguramente muchos contestarán que, es la unidad. En cada proceso electoral, no hay reunión en la que no se hable de la unidad de la izquierda como una necesidad perentoria. Muchos jóvenes ingresaron a nuestras filas escuchando esto, como en el rosario de un rezo. Ya están maduros y siguen escuchando lo mismo, por tiempo indefinido. Esta obsesión ha calado tanto en nuestra consciencia que ha sepultado el enfoque ideológico.

Pero veamos: lo normal es que, si alguien quiere conseguir un logro pero su ensayo no da resultado, quizá lo intente varias veces haciendo modificaciones hasta convencerse de que no se puede, optando por desistir o buscar otra alternativa. Pero no esperará cuarenta años para ello. Podríamos decir ¿entonces por qué, la izquierda persiste en lo mismo, pese a los fracasos? Pues, porque la obsesión no nos deja ver otra alternativa. Hemos ensayado de todo y muchos compañeros de buena fe, han hecho esfuerzos denodados por conseguir la ansiada unidad, incluso mediante comisiones especiales. Bueno pero, ¿Hasta cuándo vamos a seguir con esta obsesión? ¿No será que estamos equivocados al querer encontrar una cosa donde no existe?

Si en el escenario político nacional existe de un lado la izquierda y del otro, la derecha, cada cual con sus variantes, ¿Por qué solo la izquierda se desvela por la unidad y no ocurre lo mismo con la derecha dividida? ¿No será que los traficantes de la fe popular enarbolan esta consigna para sacar provecho propio utilizándonos como incautos? ¿Quiénes son los beneficiarios finales de los frentes unitarios? No es casualidad que los divisionistas de ayer, ahora clamen por la unidad, pero sin renunciar a sus apetitos políticos. Es cierto que los frentes de izquierda pese a sus limitaciones nos han dado presencia y aliento, aunque no hayan tenido gravitación para el cambio aspirado, pero esta opción no es excluyente.

En estos cuarenta años, las divisiones y subdivisiones, uniones y desuniones, impostación de nombres, nuevas izquierdas, frentes unitarios, han sido tan numerosas que la izquierda se convirtió en un laberinto difícil de entender si no se acudía a un minucioso diagrama. Se han escrito libros completos al respecto haciendo ver las derivaciones del Partido Comunista Peruano. Pero también, los movimientos procedentes de otras vertientes como el MIR y Vanguardia Revolucionaria han seguido la misma senda de la fragmentación. Entonces el problema es común y si miramos más allá de nuestras fronteras vamos a encontrar que se trata de un fenómeno social internacional.

Entonces, el concepto de nuestra realidad política merece repensarse. Estamos estresados por la ansiedad de tener un movimiento de izquierda de gran peso político en el escenario nacional pero este no aparece y entonces apelamos a la unidad como tabla de salvación a nuestro complejo de inferioridad. Sabemos que la unión hace la fuerza pero tras cuarenta años de abogar por ella, los resultados no son satisfactorios. Esto no puede ser casualidad. De tanto repetir la palabra unidad nos hemos obnubilado, descartando otras salidas y este padecimiento emocional es como una psicosis contagiosa que nos mina, sin que nos percatemos de los síntomas de la sugestión que nos afecta.

Por ello considero que es necesario liberarnos de esta prisión obsesiva. Es lo ideal pero no es lo real. En todo caso, aun cuando esta apreciación fuese exagerada quizá la catarsis nos haga reaccionar examinando nuestra situación con la lucidez requerida. Repetir errores no es de personas cuerdas. Los socialistas tenemos los instrumentos que nos da la ideología para una interpretación apropiada sobre lo que nos pasa y que se cataloga como “crisis de la izquierda”. Los hechos no ocurren de por sí, aisladamente. Los médicos saben bien que la historia clínica les da las luces para un diagnóstico acertado y para un tratamiento adecuado de rehabilitación.

En las ciencias sociales también se recurre al proceso histórico para encontrar las causas de los problemas, hacer el diagnóstico acertado con los análisis correspondientes y formular las alternativas de acción. Por eso sabemos que a cada momento histórico corresponde una realidad particular de acuerdo a las circunstancias preponderantes. Eso es lo que estamos viviendo ahora. No podemos forzar situaciones que no calzan con el momento histórico. Refugiarse en los dichos de Mariátegui de 1920, denota nuestra incapacidad para afrontar los retos de nuestra época. Tergiversar los momentos históricos con interpretaciones fuera de lugar solo conduce al fracaso.

Es verdad que la izquierda ha perdido preponderancia política pero esto sucede no solo en Perú, sino en todo el mundo. Entonces se trata de un fenómeno global, que repercute en nuestro país como consecuencia del derrumbe del bloque socialista encabezado por la URSS. Pero este suceso histórico premonizado por los ideólogos marxistas, alertando que la revolución tenía que ser mundial necesariamente y no, en un solo país, no ha invalidado nuestros principios doctrinarios. No podemos ir contra la ley de la predominancia en los procesos dialécticos.

Volvemos a empezar bajo condiciones orgánicas muy disminuidas pero en mejores condiciones que en 1917. Nos corresponde afrontar sin temores pero con eficacia las condiciones de nuestra época. Ese es nuestro reto. Tenemos que construir poder popular sostenible, una izquierda sostenible, organizaciones sostenibles, que vayan de menos a más de manera constante y no solo coyuntural. Por eso, sin descartar los procesos unitarios tenemos que trabajar decididamente en un proyecto de integración, acorde con las condiciones de nuestro tiempo.

Unidad de las cúpulas no es lo mismo que unidad popular. Pasadas las elecciones volveremos a lo mismo sin poder salir de nuestra precariedad. Todos los templarios que no quieran renunciar a la fragmentación manteniendo su capilla cautiva se quedarán con su Santo Grial de la unidad pasajera. Para los revolucionarios socialistas primero es el pueblo, antes que la izquierda, antes que el partido, antes que nosotros mismos. Solo podremos crecer si vamos de la mano con el pueblo en sus luchas cotidianas. En las minas, en la agricultura, en la pesca, en la construcción civil, en los asentamientos humanos, en las fábricas y en cualquier lugar donde sea necesario nuestro apoyo a la lucha popular. Ustedes que dicen.

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