Lunes, 19 de noviembre 2018 - Diario digital del Perú

“Le entregó su hija de 10 años a un hombre de 60 por 30.000 pesos”


BBC Mundo
08/03/2018

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“¿Me das un agua, por favor?”, le dijo Elsa a la niña que atendía la tiendita.

La pequeña de cabello negro y ondulado le pasó la botella por la reja.

El dueño del local, un hombre mayor, estaba allí.

Días después, Elsa regresó.

“El señor no está ¿no?”, le preguntó a la niña.

“No”

“¿Y tu mamá dónde está?”

“En su casa”

“¿Vives acá?”

“Sí”

“¿Con el señor?”

“Sí”

TRISTEZA

Elsa recuerda que la niña era morenita y que sus ojos eran grandes y oscuros. “Pero lo que más recuerdo”, me cuenta, “es que en su mirada había mucha tristeza”. Elsa fue en varias oportunidades a la tienda, que estaba ubicada en una zona apartada de Chiapas, en el sur de México. A veces se acercaba y otras veces no.

No quería despertar la sospecha del propietario y mucho menos provocar que la niña le contase que una señora le había estado haciendo preguntas. “Tuve que ser muy sutil para irme ganando su confianza”.

“Los vecinos fueron quienes me llamaron. Me contaron lo que estaba pasando y me pidieron que hiciera algo”, indica. Elsa Simón es la fundadora y directora de la asociación civil Por la Superación de la Mujer, que por 21 años ha ayudado a niños y mujeres víctimas de violencia familiar en Chiapas.

LA INVESTIGACIÓN

“Cuando veían que el hombre se iba al mercado, me avisaban y me acercaba”, me cuenta. “Empecé a hacer averiguaciones y le avisé a uno de los fiscales de la zona para que también investigara. Me tomó dos meses recopilar la información”. La verdad que develaron fue escalofriante. “Una mujer le entregó su hija de 10 años al hombre de 60 años”, dice Elsa.

“Ese hombre era el dueño de la tienda y le había dado a la mujer 30.000 pesos (unos US$1.600) por la niña. Su madre se la había llevado y la había dejado allá”. “La niña no entendía lo que estaba pasando. Lo único que decía era que no le gustaba que el señor la llevara a dormir a su cama”, recuerda Elsa. “Y me decía que quería estar con su mamá”.

EL RESCATE

Tras la investigación de las autoridades, el fiscal y su equipo rescataron a la niña. “Danos a la niña porque sabemos que no es tu hija”, recuerda Elsa que le dijo el fiscal al hombre. Pero él aseguraba que sí era. El fiscal lo confrontó: “No es tu hija”. “¿Ese señor es tu papá?”, le preguntó el funcionario a la niña, a lo que ella respondió con voz baja: “No”.

UNA NUEVA VIDA

Elsa recuerda que tras el operativo, la niña, quien ya tenía 11 años, estaba “espantada” porque había visto a funcionarios armados. Una vez dentro del vehículo de la fiscalía, trató de calmarla. “Usted ha venido a la tienda”, le dijo la pequeña. “Sí, soy yo y quiero que salgas de ahí”.

Elsa me cuenta que ese operativo ocurrió en 2007 y que gracias a la investigación de la fiscalía y a las confesiones tanto de la madre como del hombre, el caso fue abordado por las autoridades como uno de trata. Eso permitió que ambos fuesen procesados judicialmente. La niña fue llevada a uno de los refugios para menores de edad y mujeres que la organización que dirige Elsa tiene en Chiapas. “Cuando cumplió la mayoría de edad salió del refugio y empezó una nueva vida en otra parte del país con el apoyo de otra institución”, me cuenta Elsa.

6 CASOS

Elsa Simón tiene 63 años y nació en Chiapas. Siempre ha vivido allí y desde allí me habla. El caso que me relató es excepcional en su región y en el país, no sólo por la gran diferencia de edad entre la niña y el hombre sino por la entrega de dinero a cambio de la menor.

“En 21 años, he atendido seis casos en los que las madres han recibido dinero de hombres mayores por sus hijas (menores de edad) para que se vayan a vivir con ellos”.

Y me aclara: “Eran madres solas (sin pareja)”. En su experiencia, también ha visto otro tipo de situaciones. “Lamentablemente nuestro estado (Chiapas) está reconocido por los matrimonios forzados o arreglados que algunos padres han promovido”.

Muchas de esas uniones ocurren sin una ceremonia civil o religiosa. Y no suceden sólo en México sino en muchas otras partes de América Latina.  “El término ‘matrimonio infantil’ se refiere a cualquier unión -formal o informal- que incluye a una niña o un niño menor de 18 años”.

COMO OBJETOS

Jennifer Haza es la directora de la organización social Melel Xojobal (“Luz verdadera” en la lengua tsotsil), la cual ha luchado por los derechos de la infancia en Chiapas durante 20 años.

Desde San Cristóbal de las Casas, me cuenta que “si bien no hay datos duros sobre uniones forzadas en Chiapas, sí hay datos de que 23% de las adolescentes, entre 12 y 19 años, están unidas, lo que no significa que estén casadas (por la ley)”. De ellas, me dice, 15% ya ha sido madre.

Cuando le pregunto sobre los casos de menores de edad que son entregadas a hombres adultos para establecer una relación conyugal, Haza señala que ha tenido conocimiento de algunos de ellos, pero carece de documentación para estimar cuántos existen.

“Hace dos años, supimos de una chica de 16 o 17 años que la entregaron en matrimonio a un hombre de treinta y tantos años”.

“Hemos conocido de casos que han salido en Chiapas y Oaxaca”, me cuenta. “Sabemos que esas situaciones se dan y tienen que ver con una cultura patriarcal, en la que las mujeres son objetos, en la que pasan de la sociedad del padre a la sociedad del esposo y es algo que se debe atender desde la perspectiva de la prevención de la violencia contra las mujeres”.

Pero, advierte, “no se puede generalizar que todas las situaciones donde hay dinero o cosas materiales de por medio implican una venta de las mujeres, independientemente de su edad”. Es fundamental, dice, que los usos y costumbres de las comunidades indígenas no sean estigmatizados como contrarios a los derechos humanos.

8 MILLONES DE NIÑAS

Se calcula que en México hay 8 millones de mujeres (entre 15 y 54 años) que se unieron conyugalmente antes de los 18 años, señala ONU Mujeres México. Y en un alto porcentaje de esos matrimonios el hombre es “considerablemente” mayor.

“En México los registros administrativos muestran que del total de niñas y niños de 15 a 17 años que se casaron en 2015, el 81,5% eran niñas en comparación con solo el 14,9% de los niños”, indica el informe de la Unicef : “Por una región libre de matrimonio infantil y uniones tempranas”, publicado en 2017.

Belén Sanz, representante de ONU Mujeres en ese país, me dice que esa organización no ha documentado directamente casos en los que familias reciban dinero por parte del hombre para que le entreguen a la niña. “Pero sí hemos podido observar que existe la práctica de pensar que las niñas tienen menos derechos y que por lo tanto otorgarla a otra familia o a un hombre va a beneficiar a la familia (de la niña) y a la niña misma”.

OCTAVO EN EL MUNDO

Al darme una visión global del problema en México, Sanz señala que esa organización ha podido observar que “las jóvenes hablantes de lenguas indígenas presentan proporciones muy elevadas de matrimonio infantil”.

“En estados con comunidades indígenas como Chiapas, Guerrero y Veracruz, las mujeres que se casaron antes de los 18 años llegan a porcentajes superiores al 40%”, indica desde Ciudad de México.

Pero las uniones tempranas no son un problema exclusivo de grupos indígenas. “En México es una práctica muy frecuente y es una clara manifestación de la discriminación de género”, señala Sanz. Se estima que al menos una de cada cinco mujeres en México entra en unión conyugal antes de los 18 años. En términos absolutos, las niñas casadas antes de los 18 años en México “ocupan el octavo lugar en el ranking mundial”, señala Unicef. Brasil está de cuarto.

UN PROBLEMA MUNDIAL Y REGIONAL

“Normalmente cuando oímos: ‘matrimonio infantil’ no pensamos en América Latina y el Caribe porque miramos tal vez solamente las cifras del casamiento legal. Sin embargo, si analizamos el matrimonio infantil y las uniones tempranas que no necesariamente pasan por un proceso legal vemos que la situación en la región es más preocupante de lo que uno podría pensar”, le dice a BBC Mundo Shelly Abdul, asesora regional de Unicef.

Y el informe de esa organización de 2017 lo confirma: “A nivel mundial, la prevalencia de matrimonio infantil y las uniones tempranas ha estado disminuyendo lentamente, sin embargo, América Latina y el Caribe es la única región del mundo donde el matrimonio infantil no está en declive. No se ha observado ningún cambio significativo en la prevalencia de los últimos 30 años”.

La proporción del matrimonio infantil en la región es de 23%, menor que la de África Central y Oriental, en donde es de 36%, pero más alta que la Oriente Medio y el Norte de África, que se estima en 18%. “Si pudiéramos contar, contabilizar mejor las uniones tempranas o las uniones de hecho informales, porque cada país las llama de forma distinta, probablemente la prevalencia regional será mucho más que 23%”, indica Abdul desde Panamá.

“No podemos negar que hay niñas adolescentes que se casan con sus parejas adolescentes. Pero esos casos son menores comparados con casos en los que hay una disparidad (grande) de edades”, señala la funcionaria. Entre 2008 y 2014, algunos de los países con las tasas de prevalencia más altas de matrimonio infantil y uniones tempranas en América Latina fueron:

“En República Dominicana más de un tercio de las jóvenes entre 18 y 22 años se casa o entran en uniones informales antes de cumplir los 18 años y una de cada cinco ha dado a luz antes de llegar a esas edad”.

POBREZA

Roxana Mucú tiene 23 años y Vilma Chón, 27. Ambas son q´eqchis mayas y me hablan desde las montañas del norte de Guatemala, en el municipio de Chisec. Desde 2013 forman parte de un grupo de jóvenes que busca educar y empoderar a niñas y adolescentes en comunidades del norte de su país para evitar que entren en matrimonios.

Cuando les pregunto por el rol de los padres en las uniones tempranas de sus hijas, Vilma me dice que muchas familias lo hacen por necesidades económicas.

“Hay padres que por la cantidad de hijos que tienen facilitan que sus hijas se casen o se unan. No encuentran una forma de darles de comer, mucho menos de que estudien. Concluyen que es mejor que sus hijas se casen y llegan a obligarlas a hacerlo”, me dice.

“A veces (las parejas) son hombres adultos, en otros casos son unos pocos años mayores que ellas o tienen la misma edad de la niña, quien puede tener unos 15 o 16 años”. Sin embargo, han conocido casos de niñas de 11 años en uniones tempranas. E incluso, “niñas de 11 y 12 años embarazadas”

“VENTE CONMIGO Y TE PONGO A ESTUDIAR”

Las dos me cuentan que han escuchado casos en los que los hombres le dicen a la familia de la niña o la adolescente que les dará parte de su terreno o una suma de dinero por su hija y les asegura que “la cuidará”.

“A veces incluso el hombre le dice directamente a la niña: ‘Casáte conmigo o vente conmigo y te pongo a estudiar. Te pago todos tus estudios, te doy todo lo que querás’. Utiliza esos argumentos para convencerla a ella y a la familia”, me cuenta Roxana.

Y hay familias que realmente creen que la niña tendrá “una mejor vida, una vida más tranquila junto a ese hombre”. Pero muchas menores terminan “esclavizadas”.

EN EL SUR

Algo similar sucede en algunas localidades de Paraguay y Argentina.

“En provincias del norte de Argentina como Salta, Jujuy, Formosa, Misiones es muy habitual que algunas familias, ya sea por falta de recursos o por otras razones (como el hecho de vivir en zonas muy aisladas), les den sus hijos a una familia o a una persona conocida, que generalmente es un hombre (pudiente), para que los eduquen o los mantengan”, me dice desde Buenos Aires Mabel Bianco, presidenta de la Fundación para el Estudio y la Investigación de la mujer (FEIM).

Mientras que los niños no suelen ser dados porque sus familias los ponen a trabajar, a las niñas las colocan en una situación de vulnerabilidad ya que en muchos casos terminan cohabitando como “la pareja” del hombre que asumió su cuidado.

“En Salta una niña fue entregada por su familia a otra familia que le prometió que la enviarían a la escuela. Pero lo que realmente sucedió es que la usaron como sirvienta y la pusieron a convivir con el hijo, quien la maltrataba. Ella no quería contárselo a sus familiares porque sabía que ellos no querían verla regresar al pueblo”.

Y, como sucede en México y en el resto de la región, en Argentina el problema no se circunscribe a las zonas rurales.

En el informe “Avatares en las familias argentinas: evidencias a partir del censo de 2010”, publicado en 2013, la socióloga Georgina Binstock estima que en Argentina “algo más de una de cada diez adolescentes entre 15 y 19 años ya ha iniciado una unión conyugal”.

LAS QUE HUYEN

Con sus 23 años, Roxana me da una de las claves para entender muchas uniones tempranas en Guatemala y en toda América Latina.

“Las niñas son víctimas de violencia en sus propios hogares y prefieren irse con un hombre y formar su propio hogar”. Lejos de las comunidades indígenas de Guatemala, en Nicaragua, las palabras de Roxana parecen proféticas.

“Quería escapar de los problemas de mi casa. Mi papá tomaba mucho, mi mamá lavaba y planchaba y me dejaba en la casa. Mi papá la golpeaba, se ponía muy violento cuando bebía”, me cuenta Irayda, una joven de 27 años.

Para huir de esa realidad, a los 14 años se unió con un muchacho que tenía 16 años y se fue a vivir a su casa. “Me enamoré, me trataba bien, me llevaba a pasear. Nunca nos casamos”, dice.

Las palabras de Roxana siguen resonando por la región. “Yo tenía 11 años cuando un problema de salud de mi mamá afectó su relación con mi papá. Toda esa frustración de mi papá la pagaba yo: los malos tratos físicos, los gritos”, me cuenta desde Colombia Diana (nombre ficticio para proteger su privacidad).

“A los 13 años conocí a un muchacho grande, tenía 25 años. Me enamoró, nos enamoramos”. Esa relación fue la vía de escape de Diana.

“¡ME VOY A MORIR!”

Irayda quedó embarazada cuando tenía 14 años y dio a luz a los 15. Me cuenta que cuando estaba en pleno trabajo de parto gritaba desesperada: “¡Me voy a morir!”, “¡Me voy a morir!”. Su miedo no era infundado. Las estadísticas lo demuestran.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, las complicaciones durante el embarazo y el parto son la principal causa de muerte entre niñas de los 15 a los 19 años en todo el mundo.

En 2004, Charles MacCormack, un vocero de la organización Save the Children, dijo que para niñas y adolescentes “el parto puede convertirse en una danza con la muerte”.

LA NIÑA MADRE

Diana tuvo a su primera hija a los 14 años, pero el padre no la reconoció y se fue del pueblo en donde vivían. Se vio obligada a regresar a la casa de sus padres con su bebé.

“A los pocos meses conocí a otro muchacho que tenía 22 años y me junté a vivir con él porque mi papá me maltrataba mucho, me echaba de la casa, era una situación insoportable”. Esa decisión de irse a vivir con él a la casa de su madre fue “peor”, como ella misma lo califica.

“Me tenían como la sirvienta. No me presentaban como la mujer, la esposa, de él sino como la muchacha del servicio. Intentó varias veces sobrepasarse conmigo, no aguanté y lo dejé”.

Diana dio a luz a su segunda hija a los 15 años. “Eso fue fatal, nadie me ayudó, ni mis papás”. Por eso, abandonó su pueblo y se fue a vivir con una tía en el noroccidente de Colombia. A los 16 años empezó una relación con un hombre de 29 años y se fue a vivir con él. Con 18 años, Diana ya era madre por tercera vez.

“¿EL HOMBRE LE PUSO UNA PISTOLA EN LA CABEZA?”

Daniela (nombre ficticio para proteger su privacidad) me cuenta desde San José de Costa Rica que empezó a salir con su pareja porque “el amor que no tenía en casa, me lo daba él”. Ella tenía 15 años y él 25. Ahora tiene 18 años y en pocos meses será madre.

“Aquí en Costa Rica es muy normal ver ese tipo de parejas con varios años de diferencia. La edad nunca fue un impedimento. Mi mamá me decía: ‘Su papá me lleva 10 años. No se preocupe. A mi abuela le pasó igual. Él es más maduro, no va a andar como un chiquito’. Mi mamá aceptó la relación, habló con él y lo integró a la familia”.

Esa es una realidad que conoce muy bien Milena Grillo, directora de la Fundación Paniamor, una organización que ha promovido los derechos de los menores de edad en Costa Rica.

“En algunas comunidades, las chicas incluso nos dicen que las familias les rechazan el noviecillo adolescente y le dan la bienvenida al hombre grande, quien quizás es el dueño del autobús. Se le ve como un proveedor, el que va a resolver el futuro de la niña, que va a contribuir con la familia”, me cuenta.

Hace unos tres años, dice, empezaron a notar que varias madres se acercaban para pedir ayuda “porque sus hijas se habían ido con un hombre mayor y estaban muy preocupadas por su bienestar. Nos contaban que incluso habían ido a las instituciones públicas”.

“Y ¿cuál era la repuesta de la institucionalidad? Les preguntaban: ‘¿Qué edad tiene?’ Y cuando les respondían dando una edad dentro del rango de la adolescencia, los funcionarios les decían: ‘Ella ya puede decidir. ¿El hombre le puso una pistola en la cabeza? No, ¿verdad?'”.

“Hubo un caso de una señora que nos produjo un profundo dolor porque la respuesta de la institucionalidad fue: ‘Si le preocupa tanto, deje de trabajar y vaya y cuídela'”. La niña tenía 13 años.

COMO UNA CONDENA

De acuerdo con Abdul, existe evidencia de que hay altas probabilidades de que las mujeres que se casaron antes de los 18 años sufran violencia doméstica. Milena Grillo me cuenta un caso que estremeció a Costa Rica.

Una niña de 14 años había tenido una relación con un hombre que era 37 años mayor que ella. Vivían juntos desde hacía varios años. “Esa relación había sido reportada en diferentes instancias institucionales. Pero el sistema en general falló y nadie hizo nada”, me dice. “El año pasado, cuando la niña acababa de cumplir los 19 años, su pareja la mató y después se suicidó”.

“CASI ME MATA”

Diana, en Colombia, me cuenta entre lágrimas y sollozos que cuando tenía 19 años su compañero, 13 años mayor que ella, la maltrataba. “En una oportunidad me golpeó tanto que duré ocho días en el hospital. Casi me mata, me dejó marcas por todos lados”, recuerda.

Eso la llevó a decidir dejarlo, pero no lo hizo. “Me endulzó el oído, le creí cuando me dijo que no lo volvería a hacer”. No cumplió. “Es que tomaba mucho”, me dice. A los 23 años, “con ocho meses de embarazo, casi nueve, me mandó al hospital otra vez. La bebé casi se me viene”.

FUERA DEL SISTEMA

Una de las consecuencias más graves de las uniones tempranas es que las niñas abandonan sus estudios. Gloria vive en El Salvador, tiene 19 años y su pareja, 50. Fue madre a los 14 años. Cuando quedó embarazada, la escuela a la que iba no la quiso aceptar. Irayda y Diana tuvieron que abandonar la escuela para cuidar a sus hijos y salir a trabajar.

El impacto para una niña de no continuar con su educación es dramático no sólo en términos personales sino porque es un factor que contribuye a que no pueda mejorar su situación socioeconómica y en muchos casos a que el modelo se reproduzca en la siguiente generación de mujeres de la familia.

Como mentoras del Programa Abriendo Oportunidades en Guatemala, Roxana y Vilma trabajan para educar las niñas no sólo sobre sus derechos, su salud sexual y reproductiva, sino para que no dejen de estudiar.

Y aunque las dos reconocen que les duele mucho cuando una de las participantes queda embarazada, admiten estar felices por ayudar “a muchas niñas que incluso estuvieron casadas y tienen hijos a que ahora se sientan más informadas y autónomas”.

EMPUJADAS

Jennifer Haza, la directora de la organización social Melel Xojobal, me cuenta que en su trabajo en San Cristóbal de las Casas ha visto uniones de parejas muy jóvenes, incluso de adolescentes, que no buscan un reconocimiento jurídico.

“Nos hemos encontrado con familias en las que culturalmente no está reconocido el noviazgo”, me dice. “Hemos tenido al menos dos casos en los que las familias de ambos chicos, que iniciaron una relación de noviazgo, los impulsaron a que formalizaran su relación y los forzaron a vivir juntos”. “Es un compromiso moral entre las familias que, para nosotros, es una forma de unión forzada que va en contra de la autonomía de los jóvenes”.

En otras partes de América Latina se dan situaciones similares, especialmente cuando la adolescente queda encinta: independientemente de la edad del padre del bebé y de los deseos de la niña, unirse a él es el siguiente paso para muchas familias. “En el Gran Buenos Aires es muy habitual que el embarazo sea el desencadenante de la convivencia (conyugal)”, me cuenta Bianco desde Argentina.

Hasta hace poco, en El Salvador la única excepción para permitir un matrimonio infantil era: un embarazo o tener hijos en común. Pero en agosto de 2017, esa norma quedó derogada y, de esa forma, se eliminó un artículo del Código de Familia que abría la posibilidad de que menores víctimas de violaciones contrajeran matrimonio con sus agresores.

EL EXPERIMENTO DE COSTA RICA CON LAS RELACIONES IMPROPIAS

Aunque en la mayoría de los países de América Latina es ilegal casarse antes de los 18 años, en algunas naciones aún existen excepciones.

En 2017, Guatemala, Honduras y Costa Rica aprobaron leyes que prohíben el matrimonio antes de los 18 años sin ninguna excepción. “Actualmente Costa Rica tiene la ley más robusta en materia de protección de las niñas y adolescentes en relaciones de convivencia”, indica Grillo.

Se trata de la ley 9406 que se aprobó hace un año y que es en gran parte fruto de varios años de trabajo de activistas como ella.

 

“Empezamos a pedir que se hablara de uniones impropias y no de uniones libres, especialmente porque muchas de ellas estaban constituidas por niñas y hombres muchos años mayores que ellas y porque se trataba de relaciones, en muchos casos, con un componente grande de violencia”.

Se logró una reforma del código penal para castigar con cárcel las uniones de convivencia desiguales sin afectar las relaciones entre adolescentes. Aunque los avances en materia legislativa en toda la región son evidentes, está claro que ese aspecto es sólo uno de los múltiples factores que influyen en que haya uniones tempranas.

Hay que incluir pobreza, desigualdad de género, violencia y falta de oportunidades educativas para las niñas. Pero quizás lo más importante, como me dice Roxana, es que muchos padres y madres cambien su forma de pensar, independientemente de lo que a ellos les tocó vivir y ver porque si eso no sucede los esfuerzos de legisladores y de organizaciones de ayuda no tendrán ningún efecto. “A veces siento que grito en un desierto”, reflexiona Elsa.

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